Esta semana hemos visto el desahucio de Mari Carmen.

Un horror.

Y, aunque pueda parecer contradictorio decirlo así, creo que una de las cosas buenas que ha traído este caso es la movilización social, porque tenemos un problemón.

Creo que puedo hablar de ello con cierta autoridad. Llevo más de veinte años trabajando en el sector inmobiliario. He visto comprar, vender, alquilar, heredar, invertir, perder dinero, ganar dinero, familias buscando su primera casa, propietarios preocupados por sus inquilinos e inquilinos preocupados por llegar a fin de mes.

He visto la vivienda desde el terreno. No desde un despacho.

Y hay algunas cosas que pienso que voy a poner en alto.

1. Los fondos quieren rentabilidad. Pero ¿de dónde sale?

Los fondos de inversión buscan rentabilidad. Es su naturaleza.

No compran viviendas porque les tengan cariño ni porque quieran resolver el problema habitacional. Invierten dinero buscando obtener un rendimiento.

Pero hay una pregunta que me gustaría hacerte, a ti que presumes de la rentabilidad que te da tu fondo:

¿Sabes realmente dónde está invertido tu dinero y de dónde sale la rentabilidad que estás obteniendo?

Porque a veces queremos rentabilidad, pero no queremos mirar demasiado de cerca cómo se consigue.

Y aquí también hay una responsabilidad individual.

Aquello de:

A Dios rogando y con el mazo dando.

2. También hay pequeños propietarios y pequeños propietarios

En el mundo del alquiler hay muchísimos propietarios particulares.

Y créeme que no son todos iguales, ni de lejos.

Yo veo, fundamentalmente, dos maneras de entender la propiedad.

Está quien sube el alquiler cada vez que puede porque «es lo que toca»

Tiene un inquilino fantástico, que paga todos los meses, que cuida la vivienda y que lleva años allí.

Pero llega el momento de renovar y:

—Hay que actualizar el precio.

Y después, tomando un café o en el bar:

—Es que la vivienda está fatal.

¿Perdona?

¿No eres tú también parte de esto?

Porque tener una vivienda en alquiler no es solamente tener un activo que genera dinero.

También tienes una responsabilidad.

Y luego están los otros

Los propietarios que llevan años con el mismo inquilino.

Que valoran que pague puntualmente, que cuide la casa, que no dé problemas.

Que saben que encontrar a una persona que te cuide una vivienda durante años también tiene un valor.

Tengo muchos clientes así.

Alguno me dice:

—Yo no voy a subir veinte euros, porque a mí no me suponen nada y a ellos igual sí.

Propietarios que llevan cinco años, seis o más con el mismo inquilino, sin subir el alquiler.

No porque sean hermanitas de la caridad.

Sino porque valoran la tranquilidad.

Y porque entienden que una relación estable también es rentable.

Estos propietarios son muy necesarios.

Porque si desaparecen, si convertimos cada vivienda en una oportunidad para exprimir al máximo el precio, tendremos un problema todavía mayor.

3. Y luego está el acceso a tener una vivienda en propiedad

Yo lo veo sencillo, pero puede ser que no lo sea.

Muchos de nosotros tenemos una vivienda porque en su día pudimos acceder a una hipoteca con unas condiciones que hoy son mucho más difíciles.

Y sí, había garantías.

Y sí, las circunstancias eran otras.

Pero es muy complicado que una persona de 30 o 40 años tenga hoy ahorrados 40.000, 50.000 o 60.000 euros para comprar una vivienda.

Especialmente si lleva años pagando un alquiler de 600, 700, 800 euros o más.

Aquí hay una contradicción enorme.

Hay familias que sí tienen capacidad para pagar una cuota mensual de una hipoteca, pero no tienen capacidad para reunir el ahorro inicial necesario para comprar.

Y eso las puede condenar a permanecer en el alquiler durante muchos años.

Mientras tanto, quienes ya tienen vivienda pueden seguir acumulando patrimonio.

Y la brecha aumenta.

Por eso creo que habría que explorar mucho más seriamente fórmulas que permitan financiar una parte mucho mayor de la compra a personas solventes que puedan demostrar capacidad de pago.

No sé si la solución concreta es financiar el 100%.

No soy economista.

Pero creo que la pregunta merece ser estudiada.

Porque el problema no es solamente cuánto cuesta una vivienda.

También es cómo consigues entrar en ella.

4. ¿Qué ha pasado con la vivienda pública?

Aquí hay otra pregunta que me hago desde hace tiempo.

¿Cómo hemos llegado a una situación en la que parte de la vivienda que en su día fue pública ha acabado, de una manera u otra, formando parte de operaciones de inversión privada?

Porque si una vivienda se construye con el objetivo de facilitar el acceso a una casa, quizá deberíamos preguntarnos si tiene sentido que, pasado un tiempo, deje de cumplir para siempre esa función.

5. Y nosotros tampoco somos inocentes

Esto también hay que decirlo.

La vivienda no es solamente «los fondos», «los bancos», «los políticos» o «los grandes propietarios».

También somos nosotros.

El particular que consiguió una VPO hace veinte años y hoy quiere venderla.

Por supuesto que quiere hacerlo al mejor precio posible. Es humano.

Pero si esa vivienda todavía está sujeta a un precio máximo, quizá no podamos pretender venderla como si fuera una vivienda libre.

Y aquí he visto de todo.

Incluso propietarios que pretenden añadir al precio oficial cantidades por cocinas o armarios empotrados que llevan utilizando veinte años, y cobrar esas mejoras a precio actual y, además, fuera de contrato.

No. Por ahí no paso.

Yo, como inmobiliaria, tengo líneas rojas que no voy a cruzar, y esta es una de ellas.

Me he negado a comercializar viviendas en esas condiciones.

Y créeme:

Se hace.

6. La VPO tampoco es sinónimo de «vivienda barata»

Al menos en Navarra, que es el mercado que conozco más de cerca, una vivienda protegida puede tener un precio que para muchas familias sigue siendo elevado.

Que una vivienda sea protegida no significa automáticamente que sea accesible para cualquier persona.

Y creo que deberíamos empezar a hablar también de esto.

Porque una cosa es construir vivienda protegida y otra muy distinta es conseguir que esa vivienda sea realmente accesible para las personas que la necesitan.

7. Los ciudadanos no podemos solucionar solos la falta de vivienda pública

Aquí sí se lo pediría directamente a las administraciones.

Los ciudadanos particulares no podemos asumir la falta de vivienda pública.

No podemos pedirle al propietario que alquile barato, al pequeño inversor que renuncie a rentabilidad y al inquilino que haga un esfuerzo más.

Hay cosas que solo puede hacer lo público.

Por ejemplo:

1. Mantener la vivienda pública como vivienda pública.

Si construimos vivienda con ese objetivo, debería estudiarse seriamente cómo evitar que, con el paso de los años, deje de cumplir esa función.

2. Construir más vivienda pública.

De alquiler y, cuando tenga sentido, también en otras fórmulas de acceso.

3. Facilitar el acceso a la compra.

Con sistemas sencillos, transparentes y dirigidos a personas que realmente tengan capacidad de pago, pero no dispongan del ahorro inicial suficiente.

Y sí, sé que todo cuesta dinero.

Pero cuando escucho que «no hay dinero», también pienso que sería interesante revisar prioridades.

Contratos públicos difíciles de entender.

Proyectos de infraestructuras que quizá puedan esperar.

Gastos y estructuras que podrían revisarse.

No tengo la solución presupuestaria.

Pero sí creo que deberíamos empezar a preguntarnos cuánto nos cuesta no solucionar el problema de la vivienda.

8. Entonces, ¿qué hacemos nosotros?

Porque esperar a que lo arregle el Gobierno tampoco me parece suficiente.

Si tienes una vivienda en alquiler:

Sé coherente.

Si tienes un buen inquilino, valora lo que eso significa.

Si puedes mantener una renta razonable, plantéatelo.

Si eres propietario, recuerda que detrás de ese alquiler hay una persona.

Y si tienes tus ahorros invertidos en fondos:

Pregúntate dónde está tu dinero.

No para sentirte culpable.

Para ser consciente.

Porque queremos rentabilidad, pero también queremos vivir en una sociedad que funcione.

Y quizá ambas cosas tengan que empezar a hablarse entre ellas.

La vivienda va de personas

Después de más de veinte años trabajando en inmobiliaria, tengo bastante claro que la vivienda no va solamente de metros cuadrados, rentabilidades, escrituras, hipotecas o precios por metro cuadrado.

Va de personas.

De quien necesita independizarse,  quien quiere formar una familia, quien se separa, quien envejece y tiene otras necesidades, de quien hereda, quien alquila, quien invierte sus ahorro, de quien necesita obtener rendimiento de ella,  también de quien quiere llegar a casa y simplemente cerrar la puerta.

No tengo una solución mágica para el problema de la vivienda. Pero sí creo que llevamos demasiado tiempo buscando culpables.

Quizá ha llegado el momento de hablar de responsabilidades.

Las de los gobiernos, los fondos, los bancos, los propietarios, los inversores,  y también las nuestras.

Porque la vivienda es demasiado importante como para dejar que el problema lo resuelvan siempre los demás.

Y esto lo escribe una inmobiliaria.

Una que lleva más de veinte años viendo la vivienda desde el terreno.

Con aciertos, con errores y con muchas historias detrás.

Y que sigue pensando que, al final, esto va de hacer las cosas lo mejor que podamos.

 

Joana Aranda
Casas a Punto

P.D: escribo yo, que me encanta escribir y corrige la IA.